Vengo observando desde hace tiempo que nuestros próceres miden el turismo que llega hasta Ronda por kilos, osea mientras más mejor. Y el asunto se está poniendo obeso, hasta que enferme y explote. Aún estamos a tiempo de crear el ministerio municipal de transición turística del volumen al valor. Más vale un kilo de oro que doscientos de hierro, y además es más llevadero porque es mucho más liviano.
Y esa transición debe hacerse en vez de proyectar un turismo de masas, promover y promocionar un turismo cultural, mucho más selectivo y cualificado, porque Ronda posee mimbres de sobra para darle contenido más que suficiente que atraiga ese turista objetivo.
El tema está en la calle y los rondeños hablan de ello, Ronda puede morir de éxito. Y ¿qué podemos hacer para revertir esta dinámica de un asunto tan frágil y que puede convertirse en irreversible? Pues haciéndolo sostenible. La sostenibilidad aquí no es una opción estética, una palabra que todos pronuncian como una pócima que todo lo cura, pero que nadie se atreve a beberla, la sostenibilidad es una necesidad operativa, hay que trabajarla. Es un compromiso con los ciudadanos que tienen derecho a que Ronda siga siendo una ciudad vivible y no solo visitable, y también es un principio ético de transmisión a las siguientes generaciones.
No se trata de vender más entradas, aunque no se quepa, sino algo mucho más profundo. Un destino sostenible es aquel que prefiere ofrecer una experiencia de alta calidad a unos pocos, que una mala experiencia a una masa inmanejable…
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