domingo, junio 20, 2021

Zafra y el Rey

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Marcos Marcell

Dicen que Rey Lear es una de las más duras y crudas obras de las escritas por el bardo de Stradford On Avon. Y es que cuando Shakespeare trazó el camino de ese desgraciado rey, que cegado por la confianza depositada en el amor de sus hijas, es humillado y abandonado por dos de ellas, entonces ya había sufrido el dolor inconsolable por la pérdida de su hijo Hamnet (cuyo nombre inspiraría el del conocido príncipe de Dinamarca). Y en esta amargura inconsolable, podemos intuir que el bardo encontró la inspiración para escribir un drama tan áspero e incómodo como Rey Lear, representación de un amor a priori indestructible, el paterno-filial, que se enrarece y gangrena a pesar de la obligación de respeto y cuidado de los hijos hacia sus padres. Si añadimos al cóctel la decrepitud que acompaña a la vejez y la pérdida de las facultades mentales, una buena pizca de traición, y lucha por el poder, entonces la tragedia alcanza niveles de incomodidad
moral que la hacen única y que arrastran al espectador por el camino de la vergüenza ajena causada por sus protagonistas. Pero hete aquí que Pablo Bujalance, periodista, escritor, y director de la obra, nos propone un montaje, Lear! en el que el rigor escénico de la pieza, la continua sucesión de acciones paralelas y personajes, todo ello, lo concentra en el trabajo, ingente, de un solo actor. Un solo actor que se sumerge en la oscuridad de un escenario casi vacío, y que uno tras otro, va dando vida a los principales personajes de la historia, que se desarrolla ante nosotros, con el único adorno de un violín y una guitarra, a veces
eficaces, a ratos repetitivos. No hay vestuario, no hay decorado, sólo Zafra y su valor, su arrojo y su capacidad única de llevarnos a su terreno a pesar de las muchas zancadillas que el texto le pone. Un espectáculo que irá ganando en agilidad y eficacia (el programa señalaba una duración de una hora y se alargó cuarenta minutos) a medida que las funciones se vayan repitiendo (en Ronda hemos disfrutado la segunda) y que sin duda, marcará un antes y un después en la trayectoria de Zafra.
Los que conocemos a Antonio Zafra desde que nació como actor, allá por los años 90, podemos decir sin duda que siempre ha sido un valiente. Zafra representa como pocos el amor a una profesión que durante mucho tiempo le volvió la espalda, y no precisamente porque no valiera o no quisiera. Una sordera congénita, que fue aumentando en gravedad a medida que su formación como
actor progresaba, fue apartándolo poco a poco de los escenarios, hasta que vencido por un silencio impuesto, decidió aparcar su carrera. Antes de ese obligado retiro, y ya entonces encarnando sin miedo a complicados personajes poliédricos, puedo recordar con admiración el loco protagonista de “Muerte accidental de un anarquista”, de Darío Fo, o el simpático fotógrafo de la zarzuela
“El Bateo”, de Federico Chueca. (Sí, han leído bien: a pesar de una sordera que lo intentaba acorralar, él siempre luchó contra ella y se atrevió incluso con el género chico). Y es precisamente esta condición de “no oyente” y su reciente intervención de implante de cóclea lo que nos está devolviendo a un actor que no teme a los grandes retos y que nunca debió abandonar el suelo de los escenarios, y que ha iniciado una cruzada para hacer que el teatro también sea inclusivo, compartiendo su protagonismo escénico con un Zafra en pantalla que transmite su complicado mensaje mediante lenguaje de signos o subtítulos. Necesario es
recordar que en la V Edición de los Premios Ateneo de Málaga de Teatro, Antonio Zafra recogió los galardones de Mejor Actor y Mejor Espectáculo por su pieza “Oye, escúchame”.
Marcos Marcell

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